El placer de releer aquellos viejos libros mojados en compañía de nuevas alumnas y de la mujer de toda una vida

El placer de releer aquellos viejos libros mojados en compañía de nuevas alumnas y de la mujer de toda una vida

Antoni Murgui es utielano de nacimiento, aunque lleva ocho años viviendo en Puçol, lo que resulta bastante más cómodo para impartir clases de lengua y literatura en el colegio Santa María del Puig. En 1994 descubrió que podía ganar premios por escribir y desde entonces lo que siempre había enseñado se convirtió también en una pasión. El resultado Los libros mojados… y su continuación, que ya se está cocinando.

Hay muchas formas de presentar un libro, de hecho incluso últimamente se han puesto de moda los trailers para vender lecturas a través de Internet. Esa prisa, esa velocidad, que parece el gran emblema de nuestro tiempo, no es algo que afecte a este tranquilo profesor que un buen día descubrió que su afición también podía ser compartida por otros y pasó de la teoría a la práctica, de impartir clases de literatura a escribir.

Y últimamente hasta publica y todo, gracias sobre todo a la persistencia de Manel Alonso, aquel poeta, editor, escritor y hasta amigo que un buen día se atrevió a realizarle algunas puntualizaciones a su manuscrito, que Antonio le había hecho llegar para someterlo a su consideración.

¿El resultado? El manuscrito, titulado por aquel entonces Negresco, durmió el sueño de los justos en un cajón cualquiera; quizá no olvidado, pero sí desde luego aparcada la ilusión de verlo un día publicado. Aquel lejano premio obtenido en 1994, precisamente en un concurso de relatos breves en El Puig, había avivado la llama de la creación literaria… pero una cosa es sentarse tranquilamente a escribir y otra lograr publicar.

Pero, ya lo hemos dicho, Manel es un tipo persistente.

En vez de hablar él, dejó que hablase su obra. Y como un libro no tiene voz hasta que alguien se la pone, ¿quién mejor que sus propias alumnas para leer algunos fragmentos del presente en la novela? ¿Y quién mejor que su mujer, Meritxell, para declamar algunas páginas del pasado, de ese viaje a su infancia que realiza el protagonista?

Tanto que, años después, ya como responsable de una editorial, llamó a Antonio, recuperó el original, le animó a podarlo a conciencia y de aquel voluminoso Negresco nació este entrañable Los libros mojados, un título muy romántico en una época en la que los lectores de e-books han clonado todas las publicaciones y ya no existe ni el diseño, ni el tamaño, ni el tacto del papel, ni, en fin, el romanticismo de hacer anotaciones en el borde de las páginas.

De todo ello hablaron Manel y Antonio en la Casa de Cultura de Puçol, una tarde de un viernes de octubre, durante un acto de presentación que no se parecía a otros, tan serios ellos.

Tras una introducción debidamente ensayada y previamente escrita —de hecho, el texto ya se utilizó en una presentación similar en El Puig—, Manel cedió la palabra al autor, quien, rodeado de su familia y de algunos de sus alumnos, disfrutó explicando los orígenes y las tramas de Los libros mojados: su homenaje a la emigración de los años 60, la soledad, la enfermedad, la vejez, la memoria, la familia, la escuela y el pueblo.

Muchos temas para una breve explicación… así que Antonio pronto prefirió dejar la palabra al público. Y nunca mejor dicho.

En vez de hablar él, dejó que hablase su obra. Y como un libro no tiene voz hasta que alguien se la pone, ¿quién mejor que sus propias alumnas para leer algunos fragmentos del presente en la novela? ¿Y quién mejor que su mujer, Meritxell, para declamar algunas páginas del pasado, de ese viaje a su infancia que realiza el protagonista?

Y así, entre lecturas más o menos nerviosas, más o menos entonadas, el profesor Murgui pudo disfrutar de una presentación muy alejada de la que habría hecho César Frías, ese asesor de algún oscuro ministerio que ha sacrificado su familia, el amor y su vida en pos de un triunfo que queda perfectamente reflejado por su nombre: César Frías. El símbolo del poder en la vieja Roma y el sentimiento que mejor recoge su vida actual, la frialdad.

De hecho, las lecturas de Esther y Noelia, sus dos alumnas en Santa María del Puig, le devolvieron la sonrisa y la tranquilidad, se sentía como en clase, tranquilo, enseñando sin enseñar, disfrutando con una buena obra. Y la lectura final de Meritxell le hizo, por fin, sentirse como en casa.

Tanto, que aprovechó para realizar algunas confidencias, así, entre amigos y familiares.

Y nos confesó que la segunda parte de Los libros mojados ya está en marcha… y en realidad no es una segunda parte, sino una recuperación de gran parte de aquellos capítulos que tuvo que podar para que Negresco se transformara en su primera obra publicada...

A requerimiento de la editorial, adapté la novela para los jóvenes, recopilando los capítulos que hacían referencia a la infancia, por lo que la madurez de César Frías queda escuálida. Ahora, en esta segunda parte, estoy recuperando la madurez del personaje para darle ese giro a su vida”, apuntaba casi a modo de confidencia Antonio Murgui en la Casa de Cultura. “Los libros mojados acaba con un final abierto y un gran interrogante, de hecho está pidiendo a gritos una segunda parte, que transcurre en el presente, y en ello estamos”.

Y nosotros aquí, esperando para conocer, por fin, por qué ese hotel de Niza llamado Negresco era tan importante para su padre, que en el fondo era el protagonista de la versión larga, el campesino emigrado en los sesenta, el españolito que nunca pudo poner un pie dentro de aquel edificio símbolo del poder y de una Europa tan lejana en los sesenta.

¿Quizá tan lejana como la que nos toca vivir en estos tiempos de crisis y emigración?

Informa: Sabín

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29 Octubre 2012
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