Aitor Caballer: “Ahora estoy empezando a disfrutar del teatro, por fin ya soy Jafar”
Aitor Caballer es Jafar, el malvado antagonista de Aladín, un musical genial, que se exhibe en el teatro Olympia de Valencia del 23 de julio al 4 de agosto. Para el joven actor de Puçol formar parte de este espectáculo, que ya se ha visto en Bilbao, Gijón, Santander, Játiva, Gandía y tres meses en Madrid, es la gran oportunidad de mostrar todo lo que ha aprendido en la Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD).
Hace un año, cuando asomaba el verano de 2013, Aitor finalizaba el 4º curso en la ESAD, al mismo tiempo que presentaba en Puçol su obra de fin de carrera, un ejercicio brillante compartido por sus compañeros de promoción, una obra seria, en teoría arriesgada, pero condenada de antemano a ser una representación ocasional.
Un año después, es uno de los ocho protagonistas de Aladín, el musical sorpresa en los escenarios españoles y, tras tres meses en Madrid, tiene la agenda completa hasta Navidad, comenzando por el Olympia de Valencia, donde estará dos semanas, y, a partir de septiembre, Medina del Campo, Benavente, Albacete...
Casi un año después vuelve a casa, aunque en realidad nunca la ha abandonado, la vida del cómico, que diría Fernando Fernán Gómez, exige el desplazamiento continuo acá y allá, sin un hogar fijo excepto el escenario.
No es tampoco un círculo exacto, porque la de Aitor no es una historia con principio y fin, sino más bien una espiral: ha entrado en el mundo de las bambalinas y llegar es difícil, pero más complicado es mantenerse, encadenar un proyecto tras otro, vivir del trabajo que siempre soñó y, sobre todo, disfrutar día a día con las tablas y con el público, ese elemento fundamental para que la espiral siga girando.
Y todo comenzó casi por casualidad, por un pequeño anuncio al que en principio no le hizo mucho caso, aunque al final decidió presentarse para un casting.
“Estaba acabando el último curso en la escuela y vi el casting en Internet, pensaba que era un pequeño proyecto y como andaba muy liado con los exámenes casi lo dejo pasar, pero al final me presenté”, recuerda Aitor Caballer. “Al día siguiente de la prueba me llamaron por teléfono: les gustaba, pero tenía que perder peso”.
La realidad no es lo mismo que la teoría, así que mientras acababa los exámenes y subía por primera vez al escenario con sus compañeros de clase en la Casa de Cultura de Puçol, comenzaba a correr y a seguir una dieta estricta marcada por el médico de la familia.
La preparación es la clave, así que de junio a septiembre de 2013 Aitor y sus compañeros ensayaban todos los días en un local de la calle Turia de Valencia, bajo la atenta dirección de José Tomás, alguien que le ha demostrado por qué “el director es la clave en cualquier proyecto”.
Un musical exige una preparación especial: había que aprenderse las canciones originales de José Domenech y Josep Mollá, quien también se ocupó de la dramaturgia basándose en el relato original incluido en Las mil y una noches y también en multitud de películas que lo han adaptado, “pero no tiene nada que ver con la película de Disney, este es un musical original”.
Cada escena tiene su canción y es precisamente Aitor quien abre la función con una declaración de intenciones de Jafar: los príncipes que se presentan son feos, así que el Visir Real se casará finalmente con la princesa. Sueños que serán muy distintos de la realidad, como todos ya sabemos. Conseguir que todo encaje y que cada canción haga avanzar la acción ha exigido muchos meses de trabajo y ajustes una vez la obra ha empezado a rodar, aunque todo ha ido encajando a la perfección.
“No os podéis imaginar lo que pueden hacer sólo 8 actores, aunque eso sí, con 55 trajes y varios cambios de escenario”, explica mientras disfruta recordando algunos momentos de la función, no hay prisa y eso se nota. “Yo interpreto a Jafar, a Telas que es un señor del bazar, soy miembro del ballet del genio, jefe de la guardia real y… bueno, esto no lo sabe nadie, pero, digamos que también el elefante se tiene que mover de alguna forma, ya me entiendes”.
Trabajo de intérpretes, pero también desafíos técnicos continuos: partiendo del palacio, que es el decorado base, ante los ojos del espectador se produce su transformación en un bazar, las mazmorras del palacio, una cueva “y una alfombra voladora, en uno de los momentos que más entusiasman a los niños, porque realmente parece que vuela. Y todo ello sin fundidos a negro, directamente ante los ojos del espectador”.

Alucine y acojono
Los niños son en principio el público objetivo, pero no el único. Aladín, un musical genial tiene mucho de Broadway (como la presentación del genio), de slapstick (con Jafar y Yago como antagonistas a los que sabemos perdedores de antemano) y de espectáculo para toda la familia. “De hecho, en Madrid venían parejas de jóvenes porque los precios son asequibles; y también algunos que habían visto la película de Disney en su momento y cuando descubrían que las canciones y todo era nuevo se quedaban asombrados, pero encantados. Incluso algunos nos comentaban que habían repetido función”.
Precios asequibles, algo que sin duda ayuda a su éxito. En el Olympia la entrada más cara es de 20 euros, la más barata 15 y en ambos casos hay posibilidad de descuentos familiares, grupos y distintos carnets que rebajan el coste. Se trata de una oportunidad poco habitual de acudir en familia al teatro por un precio razonable.
La oportunidad de disfrutar de un musical que tuvo su puesta de largo el 4 de octubre en Villena y desde entonces no ha parado, lo que no deja de alucinar un día sí y otro también al novato del grupo, Aitor: “Es mi primer montaje y alucino con los sitios a los que vamos, pero también con los profesionales con los que estoy trabajando, como Naim Thomas, gente con muchas tablas y yo ahí, en medio, como el novato del grupo, aunque luego también entró Ángel, un compañero de promoción de la ESAD, como complemento”.
Alucine y acojono, dos palabras que suelen ir de la mano, sobre todo cuando empiezas.
Aitor lo sabe bien, porque vivió ambas emociones el día que había que grabar el disco con la banda sonora en Valencia. Y el día del estreno en Madrid. Y el día del primer ensayo. Y seguramente el día que estrene ante su gente, en el Olympia de Valencia, el miércoles 23 de julio.
“Pero los tres meses en Madrid me han permitido asentar el personaje, ahora puedo jugar con él”, confiesa mientras da buena cuenta del almuerzo, quizá recordando esos inicios duros hasta hacerse con el personaje. “Al principio todo era muy hermético, aunque el director me pedía que me soltara; pero luego algo pasó sin darme cuenta. No es lo mismo saberse el texto y los movimientos que ser tu personaje. Sé que después de Madrid disfruto mucho más de la función, estoy más relajado. Ahora miro al público, enlazo con él. Ahora sé que por fin ya soy Jafar y disfruto en cada función”.
A ello contribuye que su personaje no sea naturalista, que permita la caricatura, que sea mucho más expresivo, algo que encanta a los mayores que acuden al teatro (que disfrutan sobre todo con Jafar y Yago), mientras que los más pequeños prefieren el cuento de hadas y se quedan con Jazmín y Aladín.
La clave de su éxito probablemente radica también ahí, en que cada espectador encuentra un personaje con quién identificarse o, al menos, a quien seguir… mientras suena la música, los decorados cambian, las luces deslumbran (por algo hay varios ganadores del premios Max en el equipo técnico) y cada intérprete hace suyo su papel, con la complicidad del público.
Entre ellos Aitor, un joven de Puçol que hace un año era un novato y ahora es un malote entrañable, un visir con aspiraciones. Porque hoy, Aitor Caballer es, por fin, Jafar. Un malo genial.
Informa: Sabín | Fotos: Aladín, un musical genial



