Manel Alonso: “Trabajando con la memoria colectiva”

Manel Alonso fue el pregonero de las fiestas de septiembre, un desafío inédito para un escritor que define su tarea como una cosa solitaria. su nuevo desafío es aún más costoso y además en compañía: cada semana se reúne en la Casa de Cultura con otras tres personas, que forman el comité de redacción y selección de fotos del libro sobre la historia de Puçol en el siglo XX que se va a editar a principios de 2015. El propio Manel nos cuenta la experiencia.

Desde hace unos meses trabajo en colaboración con un equipo formado por una historiadora, un especialista en imagen y una documentalista amateur en un libro que pretende hacer un recorrido por el Puçol del siglo XX a través de la fotografía. Una aventura más compleja y difícil de lo que a primera vista pueda parecer.

Hemos pasado casi un centenar de horas, y las que nos queden, seleccionando entre seis mil fotografías distintas aportadas por los vecinos del pueblo, la mayoría de ellas en blanco y negro, las más interesantes, y acto seguido las hemos organizado por temáticas.

Hay otro equipo que, además de digitalizarlas, después las han limpiado y restaurado, ya que la humedad, el exceso de luz, la manipulación humana y el paso del tiempo las havien deteriorado.

Por delante de mis ojos ha pasado el retrato de cientos de personas que ya hace décadas que no están entre nosotros, personas que aparentemente había olvidado. Reencontrármelas ha sido una experiencia extraña, ya que con ellas ha regresado el niño y joven que fui y que vive oculto entre los pliegues de las arrugas de mi rostro, como también he reencontrado espacios perdidos, miradas cruzadas y todas esas palabras que el tiempo se lleva.

El siglo XX fue una centuria en la que pasamos de ser un pueblo, una comarca, un país económicamente modesto, donde la mayoría de la población era analfabeta, donde no había agua corriente en las casas, ni luz eléctrica, ni alcantarillado en las vías públicas y las plazas, las calles y los caminos no estaban pavimentados, lo que se suele decir fango cuando llueve y polvo cuando no llueve, a vivir con unos estándares de calidad de vida del primer mundo.

Un siglo en el que la agricultura y en especial el cultivo de los cítricos disfrutó de una edad de oro que repercutió positivamente en la renta de la población y, por lo tanto, en su calidad de vida que incidía directamente en el futuro de las nuevas generaciones. Un siglo en el que esta riqueza, sumada a la aparición de la industria conservera, metalúrgica y turística, se convertió en un reclamo para trabajadores de otras partes de la península, lo cual contribuyó de una manera espectacular al crecimiento de la población.

Son tantos los cambios producidos que me cuesta reconocer en los hombres y las mujeres que aparecen en las fotografías, vestidos cuando estando trabajando con harapos, a nuestros abuelos y bisabuelos. Dos, tres, quizá cuatro generaciones nos separan del terruño, del analfabetismo, de la pobreza y la precariedad, de viviendas que hoy sólo encontraríamos en algunos países del tercer mundo.

El crecimiento urbanístico, el derribo de edificios emblemáticos, la lenta desaparición de una manera de entender la vida atada a los ciclos de la tierra, han transformado no sólo nuestras viviendas, sino las fiestas, el lenguaje, la gastronomía... y eso ha hecho que a menudo nos cueste reconocer en estas imágenes nuestro propio pueblo, pero cuando eso pasa una cierta impotencia, una cierta tristeza se apodera de mí, a pesar de que soy consciente de que mi calidad de vida, las oportunidades de las que he gozado son superiores a las que tuvieron mis padres y mis abuelos, ya que encuentro que se han perdido los eslabones de una cadena invisible, de una cultura en el sentido más amplio de la palabra, que me unía a ellos.

Soy un hombre con un fuerte sentimiento de pertenencia a un territorio, a un clan, a una tribu, un sentimiento asumido y vivido desde la libertad individual. Sentirme isla en medio del bello océano del tiempo me condena a una soledad universal, me niego a vivir en la ignorancia de saber quién soy, de dónde soy, de dónde vengo y dónde voy, aunque esta ignorancia me pueda hacer más feliz.

Informa Manel Alonso | Fotos: Sergio Maestro

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30 Octubre 2014
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