Iván Esteve: “¿Dónde está el límite? No lo sé, pero en los 93 kilómetros… no”

Iván Esteve: “¿Dónde está el límite? No lo sé, pero en los 93 kilómetros… no”

Muchos podemos hablar de cómo se vive una carrera extrema, pero desde fuera. Muy pocos pueden contarla desde dentro. Este es el relato de Iván Esteve, del Club Atletismo Puçol, después de completar en 12 horas y 50 minutos los 93 kilómetros que separan Puçol de Andilla en el ultrafondo GR10-Xtrem, corrido el sábado 15 de enero.

El mediático ultrafondista Josef Ajram se ha hecho famoso, además de por su estilo de vida y sus hazañas deportivas, por haber popularizado la frase —que lleva tatuada en su pecho- “Where is the limit? I don’t know where the limit is but i know where it’s not”. Pues esa misma sensación es la que tengo después de haber completado con éxito el GR10-Xtrem, una carrera de ultrafondo que recorre toda la provincia de Valencia de este a oeste; 93 kilómetros de montaña y 3.800 metros de desnivel, desde Puçol hasta Andilla, atravesando el Parque Natural de la Sierra de Calderona.

Desde que probé el veneno del ultrafondo, he podido comprobar que el nivel de satisfacción que se alcanza al cruzar la meta es directamente proporcional a la cantidad de sufrimiento que seas capaz de soportar para conseguirlo. Ya sé que suena a masoquista, pero todos los corredores de ultrafondo lo somos. Nos motivamos pensando que “sin dolor no hay gloria” y somos capaces de disfrutar corriendo 93 kilómetros, sin parar, desde el primero hasta el último. ¿Por qué? No lo sé, supongo que para buscar el límite de nuestro cuerpo. Y a mí el mío nunca dejará de sorprenderme.

Con ésta o con cualquier otra de las motivaciones posibles nos juntamos el sábado 15 de enero más de doscientos corredores en el Polideportivo de Puçol para afrontar el reto del GR10-Xtrem. Todos deportistas bien entrenados –nadie se apunta a una carrera de esta dureza sin tener una buena preparación-, pero con ese punto de locura, o de inconsciencia, que te empuja a un desafío como éste sin tener la más mínima idea de si serás capaz de conseguirlo.

La carrera comenzó a las seis de la mañana, de noche y con una niebla espesa que se disipó nada más salir el sol. Y a partir de ahí disfrutamos de unas condiciones meteorológicas magníficas, con buena temperatura y una solazo de principio a fin. No quiero ni pensar el calvario que hubiera supuesto tener que hacer esta carrera soportando frío, aire, lluvia o nieve. Salimos del polideportivo, callejeamos en dirección al Monte Picaio y enfilamos el GR10, con sus marcas blancas y rojas que tendrían que guiarnos hasta La Pobleta de Andilla.

En esta aventura no iba solo, me acompañaban seis amigos, otros seis ovejos, la mayoría del Club de Atletismo y del Tripuçol (Club de Triatlón de Puçol). Durante semanas habíamos preparado la carrera entrenando duro y diseñando la estrategia: saldríamos tranquilos hasta Gátova (km. 42), andando en las subidas más técnicas, trotando despacio en los llanos y con precaución en las bajadas para evitar caídas y lesiones. En definitiva, disfrutando de la carrera y del entorno. Y a partir del maratón que cada uno corriera lo que pudiera, para intentar acabarla entre las 15 y las 16 horas.

¡¡¡Pues mentira!!! No cumplimos la estrategia en nada. Salimos rápido desde el kilómetro 1, empezamos a subir a un ritmo altísimo y nos tiramos en las bajadas a tope. Je, je, je. Salvo las subidas a las Penyes de Güaita y el Garbí, que literalmente hay que hacerlas escalando y ayudados por cadenas, el resto a paso ligero.

En el kilómetro 14, ya haciéndose de día, pasamos el primer avituallamiento en Segart, sin apenas pararnos, y continuamos hasta el siguiente, en el km. 23, que estaba en Serra. Como llevamos toda la alimentación del día en la mochila —en forma de barritas, geles, frutos secos y algún sándwich— las paradas en los controles de paso son para llenar la bolsa de agua, coger algo de fruta y arreando. Vamos, como si fuéramos corredores de élite. Je, je, je.

Pero a partir del kilómetro 30 empiezan las complicaciones. Las piernas me están respondiendo muy bien, mucho mejor de lo que esperaba, pero los pies me están matando. En este tipo de carreras son habituales las ampollas, los derrames y alguna que otra uña negra, pero no tan pronto ni tan dolorosas. Ése fue sin duda el momento más crítico de mi carrera, el único en el que pensé que no sería capaz de conseguirlo porque los pies me dolían mucho… ¡¡¡y faltaban más de 50 kilómetros por delante!!! Y todo ello, con el bajón anímico que supone pensar en una retirada.

Aún así consigo aguantar y llegamos a Gátova (km. 42), el primer avituallamiento sólido. Paramos tres minutos: sí, tres minutos, a comernos un plato de pasta o arroz, saludar a los amigos que nos seguían en la carrera, y otra vez a correr. Y a partir de ahí, milagrosamente, me recupero, el dolor en los pies deja de ser insoportable y me voy creciendo anímicamente.   

A partir de Gátova ya no hay tanto desnivel y las sendas se van convirtiendo en pistas por las que es más fácil correr. ¡¡¡Y vaya si corrimos!!! Durante los siguientes treinta kilómetros no paramos de correr, a un ritmo muy alto y adelantando corredores uno tras otro. Sabemos que no vamos a ganar, faltaría más, pero ir adelantando puestos supone una inyección de moral enorme. Sacábamos cuentas y veíamos que podíamos bajar de las 15 horas, incluso acercarnos a las 14. ¡¡¡Y no nos lo podíamos creer!!! Además, el móvil no paraba de sonar y, aunque no podía parar a sacarlo, sabía que estaban todos dándome ánimos.

En el kilómetro 70 se rompe el grupito de siete corredores que habíamos ido juntos desde la salida. Se descuelgan un poco Mario, Dani y Alex, y yo continúo adelante con Enrique, Miguel y Vicente. Llegamos al avituallamiento de Sacañet (km. 75) completamente crecidos y eufóricos, y Marisa nos dice que nos podemos meter en los cincuenta primeros… ¡¡¡lo que nos faltaba!!! Cargamos la mochila de agua y otra vez a tope.

Los últimos 18 kilómetros los hacemos a un ritmo bestial. Las piernas ya empiezan a protestar, las torceduras se convierten en habituales y hay que ir con mucho cuidado para no acabar por los suelos. Yo de hecho tropiezo con una piedra y me voy de morros, aunque sin consecuencias graves.

Además, la mente ya no está tan despejada como antes y es más difícil seguir las dichosas marcas blancas y rojas sin despistarse. Nos perdemos dos veces al salirnos del GR10 y tenemos que rectificar y volver a adelantar a los corredores que nos han superado. Pero psicológicamente vamos crecidos, estamos haciendo un carrerón y, en estas pruebas de ultrafondo, la cabeza es la clave del éxito. 

Llegamos al último avituallamiento en Canales (km. 82) y está oscureciendo. Aprovechamos para ponernos otra vez el cortavientos y la luz frontal. Nos ofrecen café, caldo caliente y no sé qué más, pero no queremos, ni siquiera cargamos agua porque todavía nos queda. Y además, si no hemos perdido tiempo en toda la carrera, no vamos a hacerlo ahora… ahora ya vamos a conseguir un buen tiempo, una marca que jamás hubiéramos imaginado que seríamos capaces de lograr. 

Los últimos kilómetros vamos los cuatro sufriendo pero sin aflojar el ritmo. Es de noche y vamos muy justos, en reserva, pero la mente tira mucho más que las piernas y visualizar la entrada a meta es un motivo más que suficiente para seguir apretando los dientes y hacer el último esfuerzo.

Llegamos a Andilla y todavía nos queda un kilómetro y medio hasta La Pobleta. Vemos las luces de meta y oímos la megafonía que anuncia la llegada de cuatro nuevos valientes. Y la piel se nos eriza. Y se nos hace un nudo en la garganta.

Entramos al pueblo y nos reciben Marisa y Fali, que nos han acompañado durante todo el día. Vemos el arco de meta y nos damos las manos, levantamos los brazos y entramos los cuatro juntos posando para una foto que no olvidaremos nunca. Somos finishers del GR10-Xtrem y lo hemos conseguido en 12 horas, 50 minutos y 56 segundos. Del 44 al 47 de la general. Para unos simples corredores aficionados como nosotros, ¡¡¡toda una gesta!!!

El resto del grupo entra apenas media hora después, pero durante toda la noche siguen llegando participantes. Hasta las cuatro de la mañana, 22 horas después de la salida, siguen entrando corredores. Yo siempre he pensado que en este tipo de carreras tienen más mérito los últimos que los primeros.

Ahora toca descansar unos días. Recuperar las piernas y mimar los pies para volver cuanto antes a la montaña y preparar el siguiente objetivo. Todavía no sé cuál será, pero habrá un nuevo reto, habrá otro desafío para seguir buscando el límite.

Después de todo esto sigo sin saber dónde está el límite, pero sí sé que en los 93 kilómetros del GR10-Xtrem no estaba. 

Escribe: Iván Esteve

GR10 Xtrem, una prueba que se realiza en gran parte de noche

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18 Enero 2011
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