Maestros del cortejo: Los colombaires de Puçol avivan la llama de un deporte centenario

Seducir a la paloma. Este era el objetivo de los cientos de palomos que hasta hace bien poco impregnaban el cielo de colores. Desde febrero no se ven, pero tras el verano, los miembros del Club de Colombicultura verán a sus aves volar de nuevo. ¿El objetivo? Entrenarlas en la práctica del cortejo y mantener viva una tradición de raíces valencianas que, aun con cada vez menos adeptos, alberga una liga muy competitiva. Y también una fuerte afición, numerosa, pero cada vez más envejecida.

Calles, plazas y parques son el campo de entrenamiento de los palomos, que por instinto, se dedican a perseguir a la paloma. Pero no a una paloma cualquiera. Esta hembra suele estar entrenada por un especialista para que sea capaz de volar, colocarse en pinos, naranjos, esconderse entre las ramas... «En definitiva, ponérselo difícil a los machos, que no todos tienen la habilidad de perseguirla, mantenerse cerca de ella y no perderla de vista», apunta Vicente Gonzálvez, presidente del Club de Colombicultura Puçol.

Pero esta habilidad se puede trabajar. Al igual que el resto de deportistas locales, los palomos entrenan dos o tres veces cada semana —más la competición—, ejercitando su forma física, atendiendo a las señales de su entrenador y comprendiendo los movimientos de la paloma. «Al final del día, el palomo que más tiempo ha permanecido cerca de la paloma es el que demuestra tener más aptitudes».

Para poder diferenciarlos, los aficionados los marcan con una pintura inofensiva para la salud del ave. «Es un compuesto orgánico que se disuelve en alcohol y permite sacar toda gama de colores: rojo, azul, amarillo, verde...». Así, cada colombaire marca el palomo bajo sus alas y sobre su lomo con unos colores y formas determinados, lo que permite identificarlos cuando están en pleno vuelo o escondidos entre los árboles.

«Por ejemplo, tengo algunos con las alas amarillas y detalles verdes, de forma que todos saben que esa pintura es mía, porque todos los socios del club sabemos a quién pertenece cada una». Estas marcas, no obstante, pueden ser similares a las de palomos de otros municipios, porque «casi todos los pueblos de la zona tienen su sociedad de colombicultura».

Una liga competitiva

Para que no haya confusión durante las competiciones comarcales, también se marca el nombre del club con pintura, de modo que el árbitro, con sus prismáticos, pueda identificar en todo momento a los palomos. «Todo esto es importante cuando te estás jugando una clasificación», apunta Gonzálvez, que asegura la importancia de «estar al pie del cañón vigilando para corregir posibles errores».

En las competiciones más importantes, puede haber hasta cinco árbitros, encargados de controlar el movimiento de los palomos, estar en todo momento tomando nota sobre cuáles se mantienen cerca de la paloma, cuáles se pierden o abandonan, cuáles han cambiado de rama si la hembra lo ha hecho... «Es un trabajo complicado porque hay muchos matices, y cada situación tiene una puntuación determinada».

En general, cada palomo se lleva dos puntos por cada minuto que está tratando de conquistar a la paloma, seducirla y llevársela a su palomar. Las pruebas más comunes duran unas dos horas, pudiendo alcanzar hasta 240 puntos, pero las hay incluso de tres horas. Y aunque muchas de las competiciones son de carácter local o regional, existe una liga altamente competitiva organizada por la Real Federación Española de Colombicultura.

«Estamos bastante integrados en la competición que organiza la Federación», comenta el presidente del club local. De hecho, con un equipo que suele rondar la treintena de socios, la entidad se mantiene registrada en la Generalitat Valenciana como asociación, así como en las federaciones de colombicultura —la valenciana, y la española—. «Somos uno de los clubs más antiguos de Puçol... Probablemente me quede corto si te digo que lleva en marcha desde los años 30 o 40, como mínimo».

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Un club histórico y lleno de vida

Así, con sede social en el Sindicato Agrícola y una larga historia a sus espaldas, el Club de Colombicultura Puçol participa en todas las competiciones que se organizan por la zona e intenta clasificarse para las de mayor nivel, como las regionales, campeonatos autonómicos y de España. «La selección es muy dura porque para llegar a concursos intercomarcales solo se clasifica uno de cada seis palomos, y de ahí solo pasan unos 100 de cada 3600 participantes a los regionales», explica Gonzálvez.

A pesar de la dificultad, este año el club tenía tres palomos clasificados para el campeonato regional, que estaba a punto de celebrarse en Betxí cuando se declaró el estado de alarma, en el mes de marzo. Y —en temporadas normales— se celebran cuatro como esta, «o sea que hablamos de unos 18.000 palomos, de los cuales solo llegan unos 100 al Campeonato de España».

Últimamente no han logrado clasificarse a este nivel. «Va por rachas y es complicado: en los últimos 20 años me habré clasificado tres o cuatro veces para campeonatos regionales», apunta Vicente Gonzálvez. Pero sí es un club fuerte a nivel comarcal, donde todas las semanas en las que no hay competiciones oficiales se celebran pequeños concursos entre los pueblos vecinos.

De hecho, el club tenía previsto este año organizar en Puçol la final del Campeonato de la Mancomunitat Horta Nord. «Ya nos habíamos coordinado con el Ayuntamiento y teníamos todo en marcha pero se fue al traste... Imagino que el año que viene intentaremos retomarlo donde lo hemos dejado».

Y también se ha visto suspendida una competición importante para los colombaires locales, una que recibe el nombre de Azahar, pues se celebra entre abril y mayo, cuando los naranjos acaban de florecer. Y para terminar la temporada, se celebra cada mes de junio un concurso a nivel local, muy familiar, «con el que cerramos la temporada y organizamos la fiesta final».

Al igual que el resto de asociaciones deportivas —y de otros tipos—, el Club de Colombicultura Puçol ha sufrido los estragos del confinamiento. Pero tras décadas y décadas dando vida a esta particular tradición, los aficionados se encargarán de retomar la actividad en cuanto puedan. Deberán esperar a la próxima temporada, pues el calor del verano dificulta los entrenamientos y, además, es época de muda: la sustitución del pelaje más antiguo y deteriorado, por otro nuevo.

Así el verano servirá para cargar pilas. Tanto a las aves... ¡Como a sus propietarios! Y es que, lejos de lo que pueda parecer, esta práctica competitiva conlleva mucho movimiento para todos. Los palomos, para perseguir a la paloma. Y los colombaires, para perseguir a sus palomos, que aunque suelen moverse por parques y huertas, en ocasiones acaban llegando a polígonos y otras zonas peligrosas para ellos.

Colombicultura, un deporte de riesgo

«A veces vuelan hasta naves industriales y, si se hace de noche, no ven y pueden caer en huecos de los que no pueden salir, se pueden ahogar...». También los cables, antenas, tensores y emisoras de radio son elementos peligrosos para ellos, a lo que se suman algunos depredadores: «Ahora es frecuente que las rapaces del Picayo y la zona bajen a cazar», comenta Gonzálvez.

Ante todos estos peligros, en muchas ocasiones los colombaires deben salir en busca del palomo perdido, baliza en mano: «A veces nos miran raro porque vamos por la calle con el aparato, que emite unos pitidos que se intensifican cuando nos acercamos al animal». Lo hace gracias a un pequeño chip que el palomo lleva en la anilla de su pata.

En otros casos, las aves aterrizan en balcones o terrazas, cuyos dueños pueden estar en casa, o no. «A veces tenemos que llamar al timbre y pedir permiso para subir a por ellos... Intentamos molestar lo menos posible pero claro, son animales y no siempre podemos controlarlos», asegura el presidente del club local. Y aunque sea un deporte minoritario, por lo general los vecinos conocen la práctica y responden amablemente.

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Valencia, cuna de la colombicultura en España y en el mundo

«Sobre todo la gente de toda la vida del pueblo entiende de qué va, o al menos le suena, porque nos han visto cien veces, entonces suelen ser muy amables y nos ponen todas las facilidades del mundo». No es de extrañar que los vecinos conozcan esta práctica, introducida por los árabes en la península Ibérica en la Edad Media, pues está fuertemente arraigada a la cultura valenciana.

De hecho, un siglo después de comenzar a practicarse como actividad deportiva, la Real Federación Española de Colombicultura es la única federación nacional cuya sede no se encuentra en Madrid, sino en Valencia. Y aunque hay afición en la mayoría de comunidades autónomas españolas, especialmente andaluzas y murcianas, «la Comunidad Valenciana recoge cerca del 80% de la colombicultura que se practica en España».

También se puede encontrar en otros países como Argentina o Cuba, pero es anecdótico y «suele ser por algún valenciano que se ha ido allí y ha decidido continuar con su afición», comenta Gonzálvez entre risas. Él comenzó a raíz de una pareja de palomos que llegó a sus manos con tan solo 10 años. «Y ya llevo 50 en este mundillo».

Pero el crecimiento de los pueblos, las nuevas tecnologías y la enorme oferta cultural y deportiva que se ofrece a los niños de hoy están implicando poco a poco la pérdida de la afición. «Es algo que pasaba de padres a hijos, pero ya no ocurre... Somos un colectivo muy numeroso pero cada vez más envejecido», lamenta Gonzálvez, señalando que la sociedad actual «no tiene nada que ver con el mundo rural de hace 50 o 60 años».

Amor por los animales

Otro inconveniente que dificulta la continuidad de la colombicultura es la falta del espacio necesario para mantener un palomar. Y de las ganas y tiempo que requiere, pues a los entrenamientos y competiciones se suma un cuidado exhaustivo de los animales: limpiarlos, alimentarlos, tener al día sus vacunas y revisiones médicas...

Incluso poner a las aves en cuarentena tras cada competición, antes de meterlas en el palomar, para evitar que puedan contagiar al resto si hubieran cogido cualquier enfermedad. «Implica mucho sacrificio», destaca Gonzálvez. Y a pesar de todo, mantiene la afición con la misma ilusión del primer día.

«Lo que subyace es cierto amor por los animales», algo esencial para no tirar la toalla ante los muchos contratiempos que pueden surgir, y para estar dispuesto a dedicar tanto tiempo a la afición. Y dinero: «Es una inversión grande, porque los palomos no son como los coches, con un precio claro, sino que dependen de lo que el dueño valore al animal».

Los «normalitos» pueden superar los 1.000 o 2.000 euros, llegando hasta los 20.000 euros e incluso más. Hay quien se dedica a ganar dinero con ellos. «Yo simplemente quiero disfrutarlos, si quisiera ganar dinero, me dedicaría a otra cosa», bromea Gonzálvez, que apunta al alto índice de abandono y considera que la clave para adentrarse en el mundillo es crecer poco a poco, a ser posible desde pequeño, e ir pasando por todas las fases «sin quemarlas demasiado rápido».

Tánger, Ender, Alborán, Liverpool, Espá... Son algunos de los palomos que el colombaire cuida y entrena. Y aunque pasarán el verano bien tranquilos a la sombra de su palomar, pronto volverán a impregnar el cielo de color, en busca de su paloma. Y los colombaires de Puçol continuarán avivando la llama de un deporte de observación, alto riesgo y seducción que les convierte, nada más ni nada menos, que en los maestros del cortejo.

Informa: Irene Mollá | Fotos: Vicente Gonzálvez

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08 Junio 2020
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