Melocos cumple las expectativas y apasiona a sus incondicionales
Un concierto grupo gaditano Melocos puso fin a los actos organizados por los festeros de este año. Como muchos grupos nuevos, cuenta con el apoyo incondicional de sus jóvenes fans y con una cierta perplejidad del público más adulto. Unos y otros pudieron ratificar su punto de vista en el concierto gratuito ofrecido en la plaza del País Valencià.
Cada año la historia se repite: el 8 de septiembre se celebra un concierto para los más jóvenes, es el día de los festeros y éstos quieren música acorde con sus gustos y su edad; por el contrario, el día 9 es el ayuntamiento el que se ocupa de contratar un grupo que satisfaga al resto de públicos, por lo que suelen ser espectáculos algo más clásicos.

Este año esos dos puntos de vista musicales se reflejan si cabe con más claridad que en fiestas anteriores: Melocos frente al musical Suspiros de España, o lo que es lo mismo, música para adolescentes frente a coplas para la segunda y la tercera edad.
Melocos es un grupo de El Puerto de Santa María, en Cádiz, que en febrero del pasado año publicó su primer disco, titulado precisamente Melocos. Su perfil responde al típico grupo cuya música fácil se orienta a un público mayormente femenino y, sobre todo, adolescente.


Sobre el escenario son cinco jóvenes con edades comprendidas entre los dieciocho y los veinte años, guapos, cercanos y que saben manejar a sus incondicionales con facilidad: desde la plaza coreaban sus letras, gritaban, saltaban, gritaban, hacían fotos, gritaban (sí, ya sé que lo hemos dicho antes, pero es que gritaban mucho), y seguían con absoluta devoción los movimientos de cada uno de los componentes.
Sobre todo de uno, Jaime Terrón, la voz y la imagen del grupo, que pese a su corta experiencia sabe cómo enganchar a sus fans. Junto a él, Gonzalo Alcina se ocupa de la guitarra solista, Manu Jurado de la guitarra rítmica, Antonio Suárez es el bajo y un casi invisible Andrés Ortiz ajusta los ritmos con su batería.
Y decimos que era casi invisible porque la amenaza de lluvia hizo que en Puçol actuara con una carpa protectora instalada por el ayuntamiento. Un detalle previsor que habla bien del grupo: nada de esperar a que llueva para suspender el concierto y largarse; su compromiso con los festeros era actuar y, pese a que cayeron algunas gotas durante el directo, ellos ni se inmutaron.
El del 8 de septiembre en Puçol fue un concierto que dejó claro las virtudes y limitaciones de su primer álbum. Buenas voces, ritmos sencillos, pop rock de fácil consumo, fácil de tararear tras haber escuchado su CD un par de veces y un directo acorde con lo esperado, con muchos vatios de luz y de sonido.
Eso sí, su repertorio es escaso. Un solo disco publicado apenas da para una hora justita de concierto en directo, de ahí que tuvieran que tirar mano de algún clásico, como No dudaría de Antonio Flores, para completar los poco más de setenta minutos que estuvieron sobre el escenario.

Para la mayoría de adultos allí concentrados, que miraban con perplejidad el excesivo montaje previo al concierto, hubo demasiada parafernalia en las medidas de seguridad, a todas luces excesiva para un grupo recién llegado al panorama musical y para un pueblo como Puçol, en el que no se recuerda ningún tipo de conflictos con los grupos que han actuado en fiestas.
Para compensar, su comportamiento al finalizar el concierto fue exquisito. No sólo atendieron a los festeros que les habían contratado, sino que posaron con todos aquéllos que se acercaron a los camerinos situados en la plaza del País Valencià: besaron a todas sus fans (lo que no se puede considerar un trabajo muy duro, todo sea dicho), firmaron CDs, estamparon su autógrafo en camisetas (y otras prendas de vestir no tan a la vista), sonrieron a todos y estuvieron más de media hora, con paciencia encomiable, derrochando buen rollo entre sus incondicionales.
Sólo por disfrutar de ese rato fuera del escenario ya valía la pena hacer cola en el exterior, mientras la discomóvil ya estaba en marcha y comenzaba nuevamente a chispear.



