¿Ha valido la pena? (memorias de un presidente de una semana taurina)
Seis y media de la tarde. Tercer cohete. Sale la primera vaca y así, sucesivamente, hasta siete. Luego, durante la merienda, un toro. Por las noches, concurso de toros, desafíos de ganaderías, capones, toros embolados... y así hasta seis días completos.
Son las tres de la madrugada del último día. Estoy en una esquina de la plaza, bebiendo una coca-cola, pensando que todo ya ha terminado y me pregunto: ''ya era hora de que todo terminara, pero ¿me lo he pasado bien?''.
El concurso de toros campeones se termina y te dicen: ''si estos son los mejores, cómo serán los otros. Si hubieras traído a éste o aquél, mejor hubieran ido las cosas''.
Llega la hora de empezar, falta una persona del jurado: ¿a quién pones? Corre y date aire, que la primera vaca está en la plaza... pero nadie quiere ser. Menos mal que aparece el jurado y te quedas tranquilo.
Se traen los capones y el ganadero no quiere aparecer porque tiene miedo que pase cualquier altercado. Por la cara de un amigo y después de muchas aclaraciones, se consigue que venga. Sale el sexto capón y a los cinco minutos se mata. ¡Tierra, trágame! ¿Con qué cara voy al ganadero y se lo digo?
Una noche cualquiera todo sale a la perfección... hasta que el maldito Capitán coge a Ximet. Te vas corriendo a ver qué pasa. Cornada grave. La ambulancia lo lleva a la Minifé. Tardará algo en venir. No tenemos otra ambulancia: ''Ximo, mañana traemos otra ambulancia, aunque haya que pagarla de nuestro dinero''. En seguida los listos se acercan y te dicen: ''Pepe, tienes que suspender el espectáculo''. Pero hay mucha gente que ha pagado cinco euros por la entrada... y estás solo para tomar una decisión. Paseo hacia arriba y hacia abajo. Media hora después llega la ambulancia. Otra vez los listos: ''Pepe, has hecho bien en no suspender el espectáculo''. Entonces ¿en qué quedamos?
Siete y media de la tarde de cualquier día. Se cierra el toro. A merendar, ja, ja, ja. Hay que ir a relevar a la taquillera para que ella salga de la pequeña garita y pueda tomar el aire y a merendar.
Una tarde cualquiera. Salen las mujeres mayores y te dicen: ''Pepe, o el año que viene nos pones a la sombra o no vendremos''. Y te pones a pensar que podría llover algún día y así tendrían sombra.

Una noche cualquiera. Se acerca una peña de los cadafales y me dice: ''Pepe, aquí nos ahogamos, porque están fumando porros y nos sube el aroma''. Y vuelves a pensar: ''¿por qué no lloverá?''.
Concurso de emboladores. Ganan los primeros por cuatro segundos a los segundos. Alguien te dice: ''Pepe, elimínalos, porque no han tirado de la cuerda''. Otra vez a pensar: ''el año que viene, premio para todos''.
¡Qué bonito ver todas las noches a ochocientas o mil personas cenando en la plaza. Y tú, entre pagar al ganadero de la tarde y preparar la taquilla de la noche... apenas media hora para cenar. Llega alguno de los listos y de dice: ''Pepe, qué gordo estás. Claro, te habrás hinchado a cenar''. Y tú siempre con la misma sonrisa en los labios.
Termina una tarde. Se acerca el ganadero de turno y te dice: ''Pepe, la puntuación del jurado no me parece bien. A mí me salen seis puntos más. Si seguimos así, este año no ganaré el concurso''.
Y así hasta cien anécdotas que podría contar.
Son las cuatro