Juan Ávila: un torero no se hace de la noche a la mañana...

Juan Ávila: un torero no se hace de la noche a la mañana...

Estaba todo preparado para que saliera a pedir de boca. Alternativa, día del patrón, plaza llena -el único día de ''no hay billetes'', ya lo augurábamos-, el maestro Ponce de padrino, los toritos artistas de Juan Pedro Domecq... Pero no pudo ser. El consuelo pueden ser los toros, que también, pero el análisis, por simplista, sería sesgado.

Su primero, el toro del doctorado, Vaporoso de nombre, fue un toro dócil, meloso, noble y extremadamente flojo. Un inválido. Lo aguantó en pie Juan recetándole lo que el toro pedía: templanza, suavidad, mimo, despaciosidad. Faena más estética, de enfermero, que vibrante, sin emoción, pues el toro no tenía pizca de transmisión. El azucarado toro fue protestado por inválido, pero el usía no quiso sacar el pañuelo verde. Y eso que si lo mata (le faltó tirarse, con ortodoxia o sin ella), le corta la oreja.

El segundo fue un toro imposible. De los que quitan el sitio, de los que se paran antes de entrar en jurisdicción, de los que miran, de los que te pueden partir un muslo al primer descuido en el enésimo derrote, de los que te joden la tarde y te dejan en el dique seco para nada. Un toro cobarde y reservón. Era toro para torero curtido en más batallas y con más oficio. Pero la tarde, no crean, transcurrió con normalidad. Ponce, pletórico, toreó de salón de forma sublime a dos becerrotes. Sin trapío, sin defensas. Sucedáneos de toros... Los de Ponce, los de Manzanares y los de Juan. Era fácil preverlo, pues pasa -con mayor o menor descaro de los taurinos- todos los días de San José. Y el año que viene más, Santo Tomás. Manzanares ni dibujó pinceladas, ni destellos, ni chispazos, ni muletazos sueltos. Ni nada de nada. Y la pena es que tiene clase, calidad, temple, técnica. Pero hace falta mucho más que eso, torero.

Con Juan Ávila, el desencanto quizá haya sido proporcional a la ilusión depositada. Eso es bueno. Pero, señores, esto no se ha acabado. Es más, no ha hecho más que empezar. Ahora, a toro pasado que es cuando salen los valientes, salen los profetas en forma de ''choperas'' por todos los sitios: que si alternativa demasiado tempranera, que si no estaba preparado... Pues claro. Eso lo sabíamos todos. Y el torero era consciente. Pero el mundo del toro está al revés. O entras en el sistema o te quedas fuera. Y además, aquí hay que apostar.


No sé si alguien pensaba que triunfando en su alternativa tenía la temporada hecha y de las fallas iba al cielo. Pero si alguien ha pensado eso es que no tiene ni idea de esto.

Les pongo un ejemplo. Hoy, uno de los toreros que centran buena parte de las expectativas de los aficionados -se llama Manuel Jesús ''El Cid'' y es de Salteras, Sevilla- cumple 8 o 9 años de alternativa. Acaba de salir por la Puerta del Príncipe de Sevilla. Es la primera temporada -o la segunda- que le ve el color al toreo. Entiéndase, color por billetes. Antes, ya saben, toro grande, billete chico. Ni más ni menos lo que le pasa a todo torero -salvo los fuera de serie-  que quiere ser algo en esto.

El torero necesita sazonarse, madurar, cuajarse, gestarse. Es más, creo que al torero le puede venir bien este desencanto, esta desilusión. Uno se curte en la frustración, cuando las cosas no salen bien. O salen mal. No obstante, este torero tiene fondo, valor, afición, humildad.

La de torero -estoy convencido- es una de las profesiones más difíciles y bonitas, por hermosas y bellas, de cuantas existen. Y lo bueno cuesta. Y un torero no se hace de la noche a la mañana. Ah! Y yo sigo creyendo en él igual que antes de la alternativa. Que conste.

Una crónica de Salvador Ferrer

 

10 Abril 2005
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