Blázquez y De la Rosa se reecuentran por la puerta del triunfo en la plaza de toros de Valencia
Plaza de toros de Valencia, un tercio de entrada en tarde fresca y otoñal.
--Antonio Ruiz Soro; silencio-silencio (leves pitos al abandonar la plaza).
--Víctor Manuel Blázquez; oreja-oreja.
--Ángel de la Rosa; oreja con leve petición de la segunda y dos vueltas al ruedo- oreja tras aviso con dos vueltas al ruedo.
*****
El solemne himno regional que prologó la corrida del 9 de octubre hizo recordar a los más despistados que era el día de la Comunidad Valenciana. El cartel también era de valencianos, pero la tarde, la tarde fue de Ángel de la Rosa, aún sin quitar un ápice al legítimo y trabajado triunfo de Víctor Manuel Blázquez. El encierro que envió Carlos Núñez a Valencia estuvo bien presentado, algo desigual pero muy en núñez, finos de cabos, astifinos, si bien algunos lucieron excesivos kilos. Se cortaron cuatro orejas, pero no se engañe nadie, los toreros hicieron más mérito para ello.
El público cubrió un tercio del aforo, aspecto éste poco sorprendente también por esperado. La nota triste la protagonizó Antonio Ruiz Soro. Primero porque demostró tanta incapacidad como falta de casi todo: de oficio, que lo intuíamos, pero de actitud, no lo esperábamos. Su lote, es cierto, fue el más imposible, por manso, deslucido, complicado, pero cuando un torero apuesta de verdad, si no se lleva orejas, al menos puede sumar crédito. Por eso, aunque me duela, Antonio Ruiz Soro no sumó nada, si acaso descrédito. Ni pudo, ni quiso justificar su sorprendete presencia en el cartel. Y eso que el público lo trató de forma exquisita, apenas muy pocos pitos entre un silencio de respeto más por lo que ha representado El Soro y el sorismo en esta tierra, que ha sido mucho, que por lo que merecía esta actuación, llamárase como se llamara el torero. Deberá reflexionar. Por cierto, en sus toros destacaron Rafael Perea Boni y Domingo Navarro, tan lucidos como eficaces con percal y en los palos.
A Víctor Manuel Blázquez, segundo del cartel, le tocó remontar el ambiente tan desangelado que precedió en sus dos toros. Y lo consiguió. El de Burjasot banderilleó con más laboriosidad que brillo. Paradójicamente, su primer Núñez quedó algo aplomado tras los avivadores, pero uno a uno, Blázquez supo extraer toda el agua que quedaba en el pozo. Tras un pinchazo, paseó una oreja. Menos agua tenía el pozo, valga la metáfora, que hizo quinto. Muy parado, agarrado al piso que dirían en Mexico, Blázquez planteó una faena de recursos y variedad. Para rematar y asegurar el triunfo no había otra alternativa. Y le salió bien. Pues agarró una estocada, más eficaz que bien colocada, que le valió otra oreja y la merecida salida en hombros.
Ángel de la Rosa también salió por la Puerta Grande, pero con otro cariz. Con el sello tan singular que imprime De la Rosa. La faena a su primero, con sentido de la estética, fue un aperitivo de su segunda actuación. Porque a su primero, tan noble como falto de fuerzas, no le podía obligar lo más mínimo. Quizá por ello a los muletazos -la tela apenas rozaba el albero- les faltó algo más de trazo. Mató de estocada sin puntilla y cortó una oreja. Hubo petición, minoritaria, y desproporcionada de la segunda, pero Juan Moreno, usía del festejo, se negó con acierto.
En el sexto, los máximos trofeos, no se hubieran podido negar. La faena fue de dos. Y el toreo... de cinco, de cinco estrellas, se sobreentiende. La obra fue más maciza, más compacta y mejor trazada, pues además hubo ligazón. Los muletazos tuvieron regusto, temple, poso, calidad, y suavidad. Los toques fueron precisos, justos, medidos. Y hubo tres o cuatro naturales echándole la tela al hocico, antológicos. Un monumento a la plasticidad y a la armonía. Pero a este, que había que reventarlo con la espada, no lo mató, mejor dicho, lo mató minutos más tarde. Sin duda, minutos que le impidieron realzar con orejas un gran triunfo que sí plasmó con las telas de torear. Así q


