Juan Ávila: vitola de figura
La política de puertas abiertas por parte de la empresa en la novillada sin picadores, aperitivo de la inminente Feria de Julio, provocó un nuevo lleno en los tendidos. Salvo las andanadas, casi la totalidad del tendido estaba poblado de ilusión, de partidarios de uno o de otro, pero poblados. Y muchos niños, gente joven que se asoma casi por primera vez a una plaza de toros. Sin duda, la entrada gratuita contribuye a sembrar afición futura. Y, no se olvide, el que siembra recoge.
La novillada de Guadalest el 17 de julio estuvo irreprochablemente presentada, quizá un reproche sí, quizá se nos antojó excesiva para el bagaje de los actuantes. De becerros, nada, eran novillotes y alguno se podría catalogar de torete. Si el listón es el de la seriedad para todos, figuras incluidas, bienvenida sea. Pero lo bueno de los de Guadalest, pura procedencia Ttorrestrella, es que sirvieron, que se movieron, y que exhibieron un juego dispar y variado con dos novillos de nota alta, primero y sexto.
Iván Córdoba sufrió una espeluznante voltereta en el primer muletazo de su primera faena. Probablemente eso le dejó maltrecho y no le llegó a coger el aire a un novillo que obedecía cuando se le hacían las cosas bien. No se arrugó Córdoba y demostró buena disposición . Pero sin llegar al lucimiento. Pasó a la enfermería, donde fue intervenido por el doctor López Quiles y se estima que estará mes y medio de baja.
La novillada quedó en un mano a mano entre Sergio Cerezos y Juan Ávila. A Cerezos le vimos hacer de todo con capote, banderillas y muleta. Si bien con la espada habrá de echarle horas al carretón. Se acopló en alguna tanda por el pitón derecho ante su primero, sin duda un novillo de vuelta al ruedo, no demandada por el público y no concedida por el señor usía, Miguel Asensio. A este le cortó una oreja. Por cierto, a este Juan Ávila lo quitó por gaoneras, impávido, impertérrito, como tarjeta de presentación.
En su segundo, un torete que repetía con franqueza, Cerezos demostró empaque -aunque anduvo algo despegado- y todo se vino a menos conforme el novillo fue perdiendo gas. Se incrementó la intensidad tras una voltereta seria, afortunadamente sin consecuencias graves. Y con el que cerraba plaza, Cerezos salió a darlo todo. Todo lo que le quedaba, claro. Voluntad, ganas de agradar y mucha ilusión. Con esos argumentos arrancó la oreja que le faltaba para salir en volandas por la Puerta Grande.
El toreo, el toreo de Puerta Grande, el toreo clásico, el de siempre, el eterno, lo interpretó un chaval llamado Juan Ávila ante su segundo. Anda con vitola de figura, se le ve sobrado delante de los novillos, le funciona la cabeza, tiene la mente despejada, recursos, valor de verdad, clase y calidad. Y claro, la dimensión de su actuación con respecto a sus compañeros de escalafón, deja entrever un salto cualitativo realmente evidente y muy esperanzador.
Y además, lo demostró con el malo, su primero, y con el que le sirvió, al que le arrancó dos orejas concedidas sin dudas por parte del presidente tras una faena artística, medida, pausada, templada, con muletazos largos y con mucho regusto. Ni un enganchón, ninguna fricción. Serenidad total y absoluta que se mantiene cuando se sabe lo que se tiene entre manos. Al cobardón y rajado primero, siempre a la defensiva, lo contrarrestó con decisión.
Y al noble y bondadoso quinto, muy falto de fuerzas, primero lo cuajó a la verónica con el capote y luego lo embelesó con la caricia de su muñeca y el temple de su muleta. A ''Apasionado'', que así se llamaba el novillo, lo hizo embestir al ritmo que marcaba una sedosa franela con una cadencia casi musical. En definitiva, un lujo el toreo de este Juan Ávila, que ya lleva cuatro orejas en tres tardes en Valencia. Y lo bueno, es que su carrera, no ha hecho más que comenzar e ilusionar.
Una crónica de Salvador Ferrer.
