Rover Portella, campeón nacional de judo: “¿Mi secreto? Entreno todos los días al menos una hora”
Nació el 31 de enero de 1990. Estando en la cuna ya sabía lo que era practicar un deporte, porque sus padres lo llevaban al Olimpic, el gimnasio que regentan en Puçol. A los dos años ya practicaba judo. A los siete comenzó a competir. A los ocho años conseguía sus primeros premios y empezaba a despuntar. Como prebenjamín se proclamó campeón provincial: no había competiciones de mayor nivel. Como benjamín repitió la hazaña: campeón provincial, todo lo más a lo que se puede aspirar en esa categoría. Su llegada a alevines se saldó con el campeonato provincial y el autonómico, las dos únicas competiciones oficiales de la categoría. Este año ha debutado en la categoría infantil. Ganó con autoridad el campeonato provincial y el autonómico. Del 22 al 25 de mayo se desplazó a Zaragoza, para disputar por vez primera un nacional. Allí tenía que enfrentarse sobre todo a judokas de segundo año de infantiles, una diferencia muy acusada en edades tan cortas. Pese a todo, logró alzarse con el título de campeón nacional de judo en la categoría infantil, tras derrotar en sus cuatro combates a los representantes de Castilla-León, Cataluña y Canarias. Hablamos de un joven de Puçol que con trece años ostenta un record difícil de igualar y, desde luego, imposible de mejorar: ha ganado absolutamente todos los campeonatos en los que ha participado hasta el momento. Su nombre: Rover Portella. Su pasión: el judo. “No me puse tan nervioso como se puede creer, porque confiaba mucho en mí mismo. De hecho gané todos los combates por ippon, excepto la final contra el de Canarias, al que acabé inmovilizando”. Mientras mira para todos los lados y muestra un nerviosismo del que desde luego no hace gala en el tatami, sus palabras y sus gestos delatan que estamos ante un joven de trece años que, como otros chicos de su edad, cada mañana tiene que ir al centro Virgen al Pie de la Cruz para cursar sus estudios de ESO, aunque por las tardes tiene otras obligaciones más atractivas: “porque entreno todos los días, por lo menos una hora. Ése es mi secreto. Sólo descanso los fines de semana... a no ser que tenga competición”. Sólo esa constancia le ha permitido llegar a un campeonato nacional como el celebrado en Zaragoza y no hundirse ante el alto nivel y, sobre todo, la presión del ambiente: “allí el público no paraba de gritar, aunque en los combates se guardaba un respetuoso silencio. Se notaba que la mayor parte eran conocedores del judo y sabían cuándo había que guardar silencio. De todas formas, pone los pelos de punta ver que gritan tu nombre casi un millar de personas. En la final la mayor parte del público apoyaba a Valencia y eso casi es más tenso que si apoyan a tu contrincante”. Pero no, apoyaban a este joven de menos de 42 kilos que se enfrentaba a mozos un año mayores que él y los derrotaba por ippon. Aunque siempre se ha dicho que los árbitros barren para las capitales grandes, sobre todo Madrid, Rover no se planteó en ningún momento que los árbitros pudieran dejarse influenciar, porque él contó con el apoyo de la mayor parte de los 700 judokas que se habían dado cita en la capital aragonesa para disputar el campeonato nacional. Del público y de su entrenador, Roverlein, que también comparte apellido, Portella, no en vano son padre e hijo. “Como deportista se porta mejor que como hijo, que es un poco más pasotilla” –confiesa Roverlein Portella–. “Aunque no me puedo quejar, porque me siento igualmente orgulloso como padre y como entrenador. Ahora va a formar parte este verano del equipo nacional, que va a realizar concentraciones y competiciones amistosas en Andorra y en Francia. A estas edades todavía no hay campeonatos europeos o mundiales, por lo que tendrá que seguir esperando otros dos años para plantearse nuevos desafíos”. Desafíos que ya existen en la mente de Rover, quien desde muy pequeño tiene muy claro cuál es su objetivo en el campo deportivo: “quiero formar parte del equipo nacional en unas Olimpiadas”. De momento el camino que lleva recorrido apunta a que ese logro no queda lejos, es simplemente cuestión de ir esperando a que la edad le permita plantearse nuevos retos, lo del equipo olímpico llegará por sí solo. Mientras llega ese día, Rover sigue entrenando cada tarde, al menos una hora, bajo la atenta mirada de Roverlein, quien controla su trabajo con técnicas, con amarres, su manera de actuar cuando va ganando o perdiendo un combate, los trucos para salir de una situación complicada y también la isometría, el trabajo con el peso de su propio cuerpo: “primero caliento las articulaciones, luego trabajo la concentración. Es un trabajo similar al que realizo antes de los combates, cuando observó cómo trabajan los demás competidores. La concentración es fundamental y hay que trabajarla continuamente”. Es un trabajo poco llamativo, pero necesario. Juntos, día tras día, enfrentándose en solitario a la preparación, a la mejora de su rendimiento, esperando una nueva competición, una nueva categoría, un nuevo desa













